En esta ocasión me gustaría dejar aquí, en mi blog, que hemos dedicado a la Literatura y Pintura, un trocito del relato corto que presenté al concurso anual D. Manuel de la pequeña villa madrileña de Moralzarzal.

Siguiendo con la tendencia de mi novela “El agua de lluvia hace crecer el cabello” de situar la acción a principios del XX, “Una tarde de perros” también transcurre en los primeros años de ese siglo. Son tiempos en los que se vislumbran cambios políticos importantes, pero sobre todo cambios de apertura, de feminismo, de revolución social.

El escrito refiere algunos detalles y lugares reales del paisaje y la vida del pueblo en aquel momento, y se ha ubicado la acción en la esquina de una de sus calles. Así pues, queda introducida esta muestra cuyo juicio dejo en manos de los lectores:

El De Dion Boutton avanza a la velocidad que le permite el pavimento empedrado. De color beige templado, tiene la capacidad suficiente para transportar cuatro personas. D. Bartolomé lo cuida con esmero, utilizándolo sólo en ocasiones contadas, en viajes especiales.

El automóvil ya tiene unos años, su matrícula data de 1904, pero lo conserva en excelente estado.

Consecuencia de su facilidad para desenvolverse en embajadas por su condición de diplomático, fue el conocimiento de un gerifalte francés del negocio que, al parecer, tenía contacto con la familia De Dion, uno de los mayores fabricantes del mundo. Éste le proporcionó el modelo que era su perdición. Lo tenía siempre inmaculado, sin una mota de polvo.

Hoy esperaba impaciente, frotando la carrocería con una pequeña bayeta, la llegada de su hijo y, en especial, la de las mujeres a las que deseaba impresionar.

Tenía la intención de salir temprano, en la mañana, de la capital. Sin embargo el día había despertado gris, amenazando lluvia.

Candela se había encomendado a todos los santos, a los que rezaba Dña. Gregoria, su madre, para que no lloviera. Recordaba la joven los remoquetes y leyendas que contaban los mayores de su pueblo. Decían que había que sacar en procesión las imágenes cuando había sequía, asegurando que aquello daba resultado.

– Este año no habrá hecho falta, masculló rabiosa ante la posibilidad de que el mal tiempo estropeara la visita.

Las plegarias no parecía que hubieran sido escuchadas, pues a eso de las nueve había comenzado a caer agua como si no fuera a haber un mañana por lo que fue necesario retrasar la salida a la espera de un milagro.

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