Así continúa el microrrelato…

La joven De Quirós, contrariada por las circunstancias adversas a más no poder, eligió un sombrero pequeño que se adaptaba bien a su cabeza para no correr el riesgo de que saliera volando con la velocidad.

Mientras se acicalaron para salir, escampó y un tibio sol coronó el cielo. Así que la alegría volvió a la casa de la Calle Mayor, disponiéndose todos ellos a pasar un buen día.

Delante, en el auto, se acomodaron los Señores De Quirós, D. Bartolomé y Dña. Florencia, detrás Candela y su esposo Cecilio, los recién casados. Don Bartolomé había mantenido el destino en secreto, rodeando la jornada de un misterio que los mantenía expectantes. Tampoco había explicado la verdadera razón del viaje.

– Padre, por Dios. Haznos saber qué has pensado, ardemos en deseos de saber cuál será nuestro itinerario. Ruega Candela.

Sonriente el Señor De Quirós, con la templanza de un caballero de rancio abolengo, tal era su condición, contesta a los ruegos de su nuera.

– Querida hija,- ya la llamaba siempre así- voy a mostraros una villita situada al pie de la Sierra de Guadarrama. Su nombre, Moralzarzal. Se encuentra a algo menos de cincuenta kilómetros de la ciudad. Deseo presentaros a un gran amigo de la infancia que, según ha llegado a mis oídos, acaba de abrir una casa de comidas. Ha adquirido un gran prestigio en la zona, dijo mostrando su perfecta dentadura.

Durante todo el recorrido, iba naciendo en Candela el deseo de aprender a conducir su propio automóvil. Dña. Abigail Ackerman, esposa de un diplomático inglés, le había contado, tomando el té, el acto casi heroico de una mujer inglesa llamada Dorothy Levitt.

– Al parrreecer – le decía arrastrando las letras en su español poco depurado – es una grande dama, que ha hecho uno viaje desde London to Liverpool.

Aquel comentario había calado hondo en Candela que, -después de su estancia en París dónde tuvo la oportunidad de conocer aquella sociedad de lujo y libertades de la mano de su amiga Angelines Cabrera-, había comprendido que las mujeres de su tiempo debían luchar por su independencia. Ella, como Dorothy, pertenecía a una clase social elevada dónde la permisividad era mayor que en otros estratos inferiores pero eso no quería decir que no tuviera que luchar contra todos aquellos obstáculos que impedían que las mujeres avanzaran.

– “No hay mayor libertad para una mujer que ir al volante de su propio vehículo” había dicho la aventurera inglesa que estaba revolucionando el mundo del automóvil y a la que los periódicos llamaban “La chica más rápida de la tierra”.

– Definitivamente contaré a Cecilio mi sueño, pensó sonriendo. Él sabrá comprender. Su esposo se había educado en el seno de una familia conservadora, tradicional. Cuando ella fue la primera vez a su mansión, pensó que allí nada malo podía pasar a sus habitantes. Todo era perfecto. Parecía otro mundo.

FIN

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