Mi recorrido tras las huellas de Vincent van Gogh

Auto-retrato de Vincent Van Gogh.
Autorretrato de 1890

Durante el verano de 1990 se celebró en Holanda el centenario de la muerte de Vincent van Gogh (nacido el 30 de marzo de 1853 en Groot Zundert, Holanda, y fallecido en 1890 en Auvers-sur-Oise, Francia). Amsterdam y Otterlo acogieron obras suyas procedentes de todas partes del mundo, de colecciones privadas y museos.

Por ese motivo viajé con mi familia a Holanda, iniciando ese año un recorrido tras sus huellas, que aún no he terminado.

En el Rijksmuseum (Museo Nacional de Ámsterdam) nos encontramos muchos admiradores, cuya inquietud era ver reunidas la mayor parte de sus cuadros en un solo lugar.

“El loco del pelo rojo” como lo llamara otro genial Vincent, el director de cine Vincente Minnelli, padre de los musicales modernos, era hijo de campesinos, emocional e inseguro, a decir de los que lo conocieron.

Estudió arte en Bélgica después de haber sido librero, vendedor y predicador.

Cuadro de Vincent van Gogh. Terraza de Café.
Terraza de Café de Noche, van Gogh

Su paleta, oscura y sombría al principio, se llenó de color en París cuando conoció a Monet, Pissarro y Gauguin con quién intentó abrir una escuela de arte en Arlés que resultó un fracaso.

En otra etapa de mi recorrido para conocer los lugares dónde viviera Van Gogh llegué hasta esa ciudad del sur de Francia cuyos campos pintó, después de que sus ojos y sus cuadros se inundaran de la luz de Provenza.

No dejé de visitar el Sanatorio (Saint- Rémy) en el que estuvo ingresado mucho tiempo.  Siempre dijo que el mundo seguía siendo hermoso para él a pesar de su dolorosa reclusión. Desde su claustro observó cómo pasaban las estaciones, asumiendo su existencia y su desolación.

“Miro la iglesia y la veo azul” escribía a su hermano Theo, en una de sus muchas cartas a su llegada en 1890 a Auvers-sur-Oise, a instancias de Pissarro para ser tratado por el Dr. Gachet, médico personal de su amigo.

Pintó en la pequeña ciudad de una manera compulsiva: ochenta cuadros en setenta días. Cada mañana salía al campo para volver anochecido, exhausto.

Allí transmitió a los que lo trataron, la imagen de un hombre amable y cordial, muy lejos de la que nos ha llegado de otros lugares y momentos de su vida, comunicándonos a través de los paisajes y retratos que pintó, una gran serenidad.

Es una sensación increíble la contemplación de la joya del románico, elevada ligeramente sobre un promontorio, y saber que durante días van Gogh hiciera lo mismo.

A esta hermosa villa acudieron, también, los impresionistas para captar su luz. Hoy se ha convertido en lugar de peregrinación para los amantes de la obra del gran pintor, en especial la pensión Ravoux en cuya azotea tenía su habitación alquilada.

Habitación de Vincent van Gogh en la pensión Ravoux.
Habitación de van Gogh en la pensión Ravoux

El 27 de Julio de ese año se disparó un tiro, ¡cuando parecía haber encontrado la paz! muriendo en el albergue, dos días después, tras una larga agonía en compañía de Theo que viajó en tren hasta allí para estar a su lado.

El diminuto cuarto del albergue puede visitarse formando parte de un recorrido que organiza la asociación que protege su recuerdo. Está decorado con una silla y una sencilla mesa por todo mobiliario.

Un pequeño cementerio a las afueras de la ciudad acoge los restos de los dos hermanos, uno junto a otro. Pocos saben de la existencia de las dos tumbas que apenas nadie visita, solo algún romántico.

Último cuadro de Vincent van Gogh, Raíces.
Este óleo es considerado el último cuadro pintado por Van Gogh

Y ahora muchos pensaréis: ¿Por qué Vincent van Gogh?

Podría dar mil respuestas a esta pregunta:

  • Porque buscó la esencia del hombre y de la naturaleza, no limitándose a la reproducción con detalle y precisión de ellos si no adentrándose en su interior, en su esencia espiritual.
  • Porque su pintura, a grandes pinceladas, está llena de emociones, de intensidad, de sensaciones…

Todos esos sentimientos quedan a flor de piel en las exposiciones interactivas, experiencias inigualables en las que el enorme dinamismo de luces y proyecciones, unido a la música envolvente en esas salas convierten la contemplación de los cuadros, en una “apocalipsis sensorial”.

He tenido el privilegio de disfrutar de “Van Gogh Alive”, en París (L’Atelier des lumières) y en Madrid (Círculo de Bellas Artes) dos lugares en los que he vivido la intensidad de su pintura y la fusión de la forma y el contenido de su obra, a la espera y con la firme decisión de continuar haciendo camino tras sus huellas. ¡Os recomiendo la experiencia!

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